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Ecuador: como Alexander von Humboldt
Un recorrido por la llamada Avenida de los Volcanes, tras los pasos del gran científico alemán, dos siglos más tarde.
QUITO.- Aunque Ecuador es un país con poca superficie, sus paisajes cambian rápidamente de Oeste a Este. Desde las costas sobre el océano Pacífico, el terreno se eleva hacia grandes alturas para después hundirse nuevamente en las selvas amazónicas hasta las fronteras con Colombia y Perú.
Esas tierras altas forman una columna vertebral, los Andes, que de Norte a Sur está llena de formidables volcanes, algunos de ellos activos.
Cotacachi, Cayambe, Pichincha (al borde de Quito), Illiniza, Cotopaxi, Chimborazo, son algunos de los picos que bordean la llamada Avenida de los Volcanes, apelativo atribuido al gran explorador alemán Alexander von Humboldt, que en 1802 recorrió la zona a lo largo del valle Interandino, entre las cordilleras Occidental y Oriental. Hoy la ruta Panamericana (E35) viborea en el valle entre ambos extremos del país.
Para Humboldt y su compañero Bonpland, Quito resultó una base óptima para las incursiones en la montaña. Lo mismo para los visitantes actuales. Desde las partes altas de esta ciudad desparramada en la Cordillera se pueden ver en distintas direcciones los gigantes coronados de nieve, como el Cotopaxi o el Cayambe. Y en las partes bajas, es posible pisar los desechos piroclásticos producto de la actividad del Pichincha.
"El pueblo respiraba una atmósfera de lujuria y voluptuosidad, y tal vez no haya otro sitio con población tan enteramente dada a la búsqueda del placer. Así puede un hombre acostumbrarse a dormir en paz al borde de un precipicio." Con estas palabras resumía Humboldt en su época el ambiente que se vivía en una población eternamente amenazada por las fuerzas volcánicas. Cinco años antes, el Chimborazo había provocado una hecatombe.
El Cotopaxi
Unos 55 kilómetros al sur de la capital del país se eleva el volcán activo más alto del globo (5897 metros sobre el nivel del mar), el Cotopaxi, en el parque nacional del mismo nombre. Al verlo por primera vez de cerca, Humboldt sentenció: "Cotopaxi, un cono perfecto, el más bello de todos los nevados".
Las planicies del parque vecinas al volcán son elevadas y hacen sentir la escasez de oxígeno. Mientras visitamos una perdida laguna de altura, aparece de la nada un hombre sosteniendo un rifle que nos saluda con una ancha sonrisa. Se llama Cecilio Torres y trabaja cazando perros salvajes. Tiene 70 años, y la mitad de ellos los pasó allí arriba trabajando para el parque. Nos dice que es posible acampar cerca de la laguna, pero que el marco ideal para una visita es hospedarse en la Hacienda El Porvenir, equivalente a una estancia turística de la Patagonia, que ofrece alojamiento a la vez que continúa con sus actividades agropecuarias. En este caso, la actividad principal es la cría de toros de lidia. Las corridas de toros son un pasatiempo popular en Ecuador.
Cabalgata al Rumiñahui
Desde la hacienda, en una mañana gris y con llovizna, enfrentamos una cabalgata de tres horas y media a los pies del volcán Rumiñahui (4712 metros sobre el nivel del mar). Después de echarnos encima un pesado poncho de lana, otro poncho impermeable y unas zamarras (especie de pantalones de cuero al estilo Far West), Celso, el guía local, nos conduce lentamente por las quebradas hacia la montaña. Atravesamos una capa de nubes y entonces el Cotopaxi aparece en todo su esplendor, mientras grupos de toros levantan la cabeza del suelo donde pastaban para mirarnos con recelo. De no ser por los impermeables azules, quizá la escena no hubiera resultado muy diferente de la que habrán presenciado sus ancestros vacunos hace dos siglos, cuando los exploradores europeos se asomaron a las entrañas volcánicas del Techo de América.
Por Sergio Zagier
Para LA NACION
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