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"Es el mejor momento de mi vida"
Creador de clásicos como "El cosechero" y "El mensú", tiene CD nuevo. Además pinta. En su casa de San Telmo, siempre exultante, dio detalles de una vida fabulosa.
Tiene la simpatía medio chanta que tenía Alberto Castillo y el estilo mitómano de un Facundo Cabral. "Estoy en el mejor momento de mi vida. Bien de mente, bien demente", se ríe. En su departamento de San Telmo desbordado de pinturas, discos y libros sólo parece haber lugar para entrevistado y entrevistador y para una bandeja de sandwiches de miga. Camisa suelta, bermudas, ojotas, está exultante porque acaba de vender un cuadro a Australia por internet a 2.000 dólares y porque tiene nuevo disco en la calle, Testimonial. Lo primero que sobresale, hay que decirlo, es su exuberante peluquín, al que se refiere con naturalidad: "Hay que utilizar los avances tecnológicos para mejorar la estética. Sobre todo nosotros, los artistas, que vivimos de la fantasía, de la imagen". Un bigote le cruza la cara.
Hijo de Gumersindo Cidade, un correntino de Yapeyú que fue cónsul en Brasil, Ramón Cidade nació el 10 de marzo de 1937 en Posadas, Misiones. "Me saqué el Cidade porque era medio raro, no sé, es "ciudad" en portugués... Demasiado exótico para mi gusto. Yo quería ser algo más popular, quería ser Ramón Pueblo, Ramón Nadie, Ramón Río. Al final me puse Ramón Ayala.
Sería apenas uno de esos personajes pintorescos que cautivan al principio pero que a la media hora empalagan si no hubiera compuesto bellezas del folclore argentino como El cosechero, El mensú, El jangadero. Toca una guitarra de diez cuerdas y es el creador del ritmo gualambao ("en clave de 12/8, lo ejecutan grupos corales de Argentina, Brasil y España... Escuchame: ¿cuántos músicos conocés que hayan creado un ritmo?"). Le gusta hablar del pasado y exagerar el presente: "Estoy, cómo decirlo, con todas la turbinas encendidas. Me llaman de todos lados, Serrat está cantando el Poema 20 de Pablo Neruda con música mía, sigo haciendo el amor. Un momento bárbaro".
Sin embargo, parecería que estaba un tanto olvidado...
Yo soy el culpable. Durante mucho tiempo no me gustaba cómo cantaba. Tenía problemas de realización de la voz. Ahora logré la voz que quería. Puedo cantar como un tenor. También es cierto que estoy demasiado diversificado.
¿Y por qué no trata de hacer menos cosas y más a fondo?
Porque soy renancentista. Como Leonardo Da Vinci. Y además, ambicioso. Me gusta reflejarme en grandes espejos: Yupanqui, Neruda, Nino Bravo, Tom Jones.
Dice que a fines de los 50 los revolucionarios cubanos cantaban sus canciones en Sierra Maestra. "Sobre todo El Mensú. Me lo dijo el Che Guevara. En 1964 me invitaron a La Habana a un Festival de la Canción de Protesta. Ahí conocí a Salvador Allende, a Rigoberta Menchú... Yo era un insensato: no me daba cuenta de los nenes de la historia que estaba conociendo".
A partir de ese viaje a Cuba la historia adquiere ribetes extraordinarios. Mientras su repertorio se va a haciendo popular al influjo del boom folclórico (sobre todo en la voz de Mercedes Sosa, quien en su disco debut Canciones con fundamento, de 1965, graba El cosechero y El jangadero), Ramón Ayala inicia, dice, un periplo pleno de aventura y exotismo. "Yo me carteaba con una argentina que vivía en Uganda. Después de Cuba me fui a España para unas presentaciones. Esta mujer me ofrece un contrato para actuar en Tanzania y Nairobi. Era para un mes. Me quedé diez años. Anduve por Africa y Asia. Volví a la Argentina en 1975".
¿Qué recuerdos tiene de esos países?
Increíble. Para ellos yo era un tipo que venía de la selva, te imaginás. Me trataban como un rey. Fue divertido.
Asoma su mujer con dos pastillas: "Para bajar el azúcar y vitaminas". Suena Sibelius y Ramón Ayala se dispone a hablar de sus cuatro libros inéditos y de por qué está cuarenta años adelantado.
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